Pasear Por Estambul Anunciantes

Mayıs 5, 2009 Por admin  
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santasofiadesdeadamar

Por María Teresa Sanmartín

A Estambul, envuelta en un ambiente húmedo y algo frío, entre velos de neblina que la transparentaban, la encontré más hermosa y misteriosa que nunca. ¡Esta ciudad es sorprendente! En las dos orillas del brazo de mar que se escapa del Bósforo está “sembrada“ la ciudad y sus edificaciones parecen derramadas por un “cuerno de la abundancia“ que ha salpicado el paisaje de avenidas, calles misteriosas, palacios soberbios, mezquitas con minaretes esbeltos, bazares y jardines, confiriéndole al paisaje una tranquila manera de vivir en las gentes que contagia al que llega, como debió hacerlo con Pierre Loti, que la describió con lenguaje poético, desde lo profundo de su imaginación.

Las Aguas del Cuerno de Oro Se Tiñen de ese Color al Caer la Tarde

Desde el puente Gálata se contempla el gran espectáculo que ofrecen las mezquitas iluminadas, si es el atardecer, y las aguas del Cuerno de Oro se vuelven del color que la áurea luz de la tarde derrama por doquier. Las barcas salpican el dorado mar y cruzan el puente despacio, deslizándose, para no quebrar el encantamiento que te absorbe en la contemplación. Los blancos minaretes contrastan con la bóveda azul estrellada, que eso parece el cielo en Estambul.

Desde el puente Gálata se contempla el gran espectáculo que ofrecen las mezquitas iluminadas, si es el atardecer, y las aguas del Cuerno de Oro se vuelven del color que la áurea luz de la tarde derrama por doquier. Las barcas salpican el dorado mar y cruzan el puente despacio, deslizándose, para no quebrar el encantamiento que te absorbe en la contemplación. Los blancos minaretes contrastan con la bóveda azul estrellada, que eso parece el cielo en Estambul.De las calles que conozco es la de “İstiklal” donde mejor, creo yo, se convive con el pueblo turco. El ser peatonal y comercial la hace alegre y bulliciosa. Un tranvía la recorre en toda su longitud y los hermosos edificios que flanquean la avenida, modernistas y neoclásicos, con toques orientales, están siendo rehabilitados; y en los bajos, los locales que se abren son tiendas muy singulares. De las dedicadas a la música salen a la calle melodías clásicas y modernas, autóctonas y extranjeras que llenan el ambiente de humanidad. En los pasajes cubiertos que entran o salen de İstiklal, los restaurantes ofrecen variados menús a los turistas en plena calle, y en iguales mesas largas de madera; es el colorido de los cojines de las sillas lo que diferencia donde comienza un restaurante y termina otro.

El “Pera Palas”, un Hotel de Ambiente Literario y Novelesco

Cercano a la calle “İstiklal” está el mítico “Hotel Pera Palas” en el distrito de Beyoğlu, construido en 1892 para los pasajeros que viajaban en el “Orient Express”. Si es la hora del té o de hacer un alto en el paseo, no hay mejor sitio que este hotel para deleitarse en su patisserie, mientras se conversa en el ambiente impregnado de un halo de misterio al que ayudan la antigua decoración y el saber que, desde tiempos muy antiguos, lo han visitado Emperadores, Reyes y Marajas, espías como “Mata Hari”, actrices como la “Bernardt” y Greta Garbo, y un sinfín de personalidades de la política y la música que también sintieron curiosidad por ver las habitaciones que ocupó Agatha Christie, pues aquí escribió algunas de su mas famosas novelas. También el fundador y primer Presidente de la Moderna República Turca, Kemal Atatürk, vivió en este hotel y sus habitaciones conservan muebles, trajes, cuadros, fotos y recuerdos en la misma disposición que tuvieran cuando él las habitó.

Es el atardecer y la ciudad se aquieta. Las voces de los muecines que llaman a la oración desde los alminares de las 2.000 mezquitas, sumergen, al que las escucha, en el recogimiento. Pero si el cuerpo pide música y danza también es la hora de los “Cabarets” que ubicados en las inmediaciones de los grandes hoteles, ofrecen animados espectáculos, donde se puede cenar y bailar, y por supuesto, admirar la “danza del vientre” que, para mi asombro, ha sido innovada por las bailarinas. Las he contemplado enfundadas en ajustadísimos trajes largos, moviéndose con sensualidad, refinamiento e incitación. Han crecido en altura y estilo.

Suelen dedicarse las mañanas en Estambul a visitar las mezquitas, en las que aún impera una mística penumbra. Las que fueron edificadas como iglesias en el Imperio Bizantino para el culto cristiano (Santa Sofía, Santa Irene, San Salvador en Cora, etc.), fueron transformadas en mezquitas por el imperio Otomano, añadiéndoles los bellísimos minaretes o alminares, las fuentes para las abluciones y los jardines de los patios. Otras, como la de Süleyman fueron levantadas para el culto musulmán. Pero todas ellas tienen su peculiaridad que las distingue y las diferencia.

Santa Sofía, el Esplendor de Bizancio

El Emperador Constantino mandó edificar este templo, muestra importantísima del esplendor alcanzado por el imperio bizantino y siempre ha conservado su nombre, a pesar de ser transformada por el sultanado en mezquita; hoy es un riquísimo museo de arte. Admiración causa su grandiosa cúpula, que parece sostenerse en el aire. En el tiempo en que fue construida, (se comenzó el 15 de Febrero de 360 d.C.) era impensable la innovadora estructura del edificio. Las columnas de mármoles riquísimos, las pinturas en dorados mosaicos y la grandiosidad del conjunto hacen de Santa Sofía un monumento único.

Flanqueando el hipódromo romano, sus obeliscos y columnas, el Museo de Artes Islámicas es visita obligada y se ubica en un antiguo palacio cuya galería cerrada en celosía lo recorre visualizándose enfrente la mezquita del Sultanahmet que sigue embelesando al mundo por la riquísima decoración interior de sus vidrieras, mosaicos y azulejos, cuyas tonalidades azules la han rebautizado como la “Mezquita Azul”.

El Asombro en Estambul es Constante

Entre olores y aromas exóticos se llega hasta el Mercado de las Especias, que, abierto al ir y venir de las gentes, muestra las abarrotadas tiendas llenas de raras especias, curiosas semillas y simientes, hierbas y dátiles en un colorido de arco-iris. Sin llegar a probarlos, los dulces, expuestos en cestos y cajas, se traducen por el olor, en sabores de azúcar y miel.

Pero hay que llegar al Gran Bazar para saturarse. Y desde muy temprano las 4.400 tiendas, las 10 salas de masaje, los 19 baños, la mezquita, las 50 avenidas y corredores, acogerán a los miles de comerciantes y turistas que aquí entran diariamente a comprar, a mirar, a soñar o, a vivir sensaciones desconocidas.

Diferentes lenguas escuchas al paso; saludándose unos, comerciando los más y los encargados de llamar la atención del paseante si te detienes ante un escaparate lo hacen en tu idioma, seas del país que seas. !Que gran psicología la de estos comerciantes!

Cientos de metros de vitrinas exhiben joyas de todos los precios, tamaños y gustos. Las piedras preciosas están engarzadas en collares de oro, que parecen imposibles de llevar dado su peso. Los brillantes rutilan con las luces del escaparate y ellos me llevaron a entrar en Muharrem Nakşiler, donde quise probarme un original collar. Al sacarme el que llevaba, se rompió y el dueño se apresuró a ofrecerme su reparación en veinte minutos. Dejé confiada la joya en manos de aquellos amables comerciantes y, pese a no comprar el collar que tanto me gustaba, no me cobraron nada por el excelente arreglo del mío. La amabilidad y el sentido mercantil de los turcos no están reñidos con su honradez.

El Gran Bazar está dividido en sectores; los tejidos y sedas tienen su calle, como la tienen las joyas, el cuero, las alfombras y los anticuarios. Es alucinante el ambiente que por doquier te acompaña. Hay una curiosidad afectiva en la gente joven por saber nuestro origen y tras conocerlo, practicar lo que saben de español sin molestar. Son amables siempre.

El mercado es una ciudad dentro de la ciudad que abre diariamente sus puertas antiquísimas, desde el s. XVII y llevan los nombres de las calles a las que se abre. Dentro de él se colman anhelos, se cumplen ilusiones y se propician o satisfacen placeres. ¡Es oriente!

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